El árido y el tiempo

"Todos nos parecemos más o menos a un viajero que hubiera recorrido un enorme país; y que observara, cada tarde, al sol, el mismo que antaño doraba magníficamente los encantos del camino, ocultarse en un llano horizonte. Se sienta con resignación sobre sucias colinas cubiertas de vestigios desconocidos, y dice a las fragancias de los helechos que en vano ascienden hacia el cielo vacío; a las escasas y desdichadas semillas, que en vano germinan en suelo árido; a los pájaros que creen sus matrimonios bendecidos por alguien, que se equivocan al construir sus nidos en un páramo barrido por vientos fríos y violentos. Retoma tristemente su camino hacia un desierto casi igual al que acabara de recorrer, escoltado por un pálido fantasma al que llamamos Razón, que aclara con una pálida linterna la aridez de su camino y, para aplacar la renaciente sed de pasión que de vez en cuando lo atrapa, le vierte el veneno del tedio.



Cuanto más delicado sea un espíritu, más bellezas originales descubre; cuanto más tierna y abierta a la divina esperanza sea un alma, más motivos para amar a su prójimo, por más mancillado que éste se encuentre, el alma halla; esto es obra de la caridad, y se ha visto a más de una contrita viajera, perdida en los áridos desiertos de la desilusión, reconquistar la fe y prendarse con más fuerza de aquello que había perdido, con toda razón, al poseer ahora la ciencia de dirigir su pasión y la de su ser amado."